ME NIEGO A SENTIR CERRANDO MIS OJOS.





Hoy me aterro y sucumbo,
me niego al tiempo libre que me de descanso mientras busco en la hierba el secreto del mundo.

Se entristece mi alma en la oscura razón de la existencia, ajena de mi mismo, y no poder ver la risa que danza mientras la tierra sigue cobijada por el mismo cielo.
 De no sentir la brisa que acaricia mi cara y no sentir el aire como una bendición de vida que viene desde antaño.

De no sentir el transpirar ni el aliento del cuerpo que acompaña mis noches de insomnio, ni el gemido que clama la pasión de un instante tras la fuga de un beso convertido en silencio.
Y me niego a sentirme viviendo con el grito de sangre corriendo en mis venas, al querer estancar los sonidos de un corazón afligido, expirando un dolor, huérfano de amor y entristecido.
Me niego a entender el color del otoño, el verdor primaveral de un paisaje que desgrana el canto de los pájaros y el fluir de un río bañando de espumas sus riveras.

Cierro mis ojos para no ver la sombra ni la luz jugando entre los árboles, mientras el viento mueve sus ramas con ritmos cadenciosos.
Para no ver la noche estrellada, ni a la luna extendiendo su luz sobre las olas como un manto que le arropa el sueño, rescribiendo un poema de su amor tan sola, que en el vientre del mar se vuelve eterno.
Cierro mis ojos para no imaginar los tuyos abiertos al mundo que nos mira, y no mirar en los tus tuyos, el alma y el paisaje que el mundo te dejó para mis ojos.

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